
Ella camina bajo un cielo que no es del todo cielo,
sino una memoria abierta donde las estrellas respiran.
Su sombra no la sigue: la abraza,
como si la noche la reconociera como hija.
Su cabello cae en oleadas oscuras,
un río silencioso que guarda secretos antiguos.
Cada hebra parece haber escuchado
conversaciones que nadie más oyó.

En sus ojos habita un pensamiento suspendido,
una pregunta que no necesita respuesta.
Mira como quien ya ha cruzado el abismo
y regresó con luz entre los dedos.
Sostiene un libro que arde sin quemar,
páginas que susurran nombres invisibles.
No lee palabras: despierta símbolos,
y el aire se inclina para escucharla.

Los cuervos giran a su alrededor,
guardianes del eco y de lo no dicho.
No la acechan —la escoltan—,
como mensajeros de una verdad callada.
Sobre su pecho descansa la luna creciente,
plateada promesa de ciclos eternos.
Late al ritmo de su intuición,
como un reloj hecho de misterio.

Ella no grita su poder,
lo respira.
Es la calma antes de la revelación,
la pausa que contiene el universo.
Y cuando cierra el libro,
la luz no se apaga:
se guarda en su mirada,
esperando la próxima conversación con las estrellas.

– Korppi Jouska