Él no posaba.
No fingía, no calculaba.
Simplemente estaba, como si el lugar natural de su cuerpo fuera el borde de mi mundo.
Su torso, sin pedir permiso, se inclinaba hacia mí, no por costumbre, sino por instinto.
Como si algo en su pecho supiera que allí, justo en ese fragmento de segundo, era donde debía anclar su alma.
Sus hombros descansaban, sin escudos.
Su cuello, levemente ladeado, como quien escucha una melodía que solo tú puedes cantar.
Y sus ojos…
Oh, sus ojos no solo me miraban.
Me abrazaban.
Me leían como un libro abierto que él no quería terminar nunca.
No había tensión en su cuerpo, porque no había miedo.
Solo esa serenidad dulce que nace cuando se está en casa.
Y esa casa, en ese momento, era yo.
Él no se acercó con pasos.
Se acercó con deseo callado,
con ternura física,
con esa entrega involuntaria que solo ocurre cuando el alma ya eligió,
mucho antes de que el cuerpo lo supiera.
Y mientras el ruido del mundo estallaba tras nosotros,
nosotros —él, yo y esa mirada—
existíamos en pausa,
suspendidos,
inclinados suavemente hacia el amor.

—
Y entonces ella lo miró.
No hubo palabras—solo la respiración compartida entre dos latidos que se buscaban desde mucho antes de conocerse.
Y en los ojos de él…
no solo había ternura.
Había fascinación, como si estuviera viendo algo sagrado y vulnerable al mismo tiempo.
Como si cada rasgo de ella fuera un mapa que ya conocía de memoria, pero que nunca dejaría de recorrer.
Había orgullo callado,
ese brillo que dice “mira lo que tengo enfrente… cómo no perderme en ella.”
Y también había temor, pero no del rechazo—sino del abismo hermoso que es amar de verdad.
Como quien sabe que, con solo una palabra de ella, caería sin pensarlo… y feliz.
Sus pupilas temblaban levemente, como si batallaran entre contener el sentimiento o dejarlo desbordar.
Y al final, no pudieron.
Él la miraba como quien encuentra por fin lo que no sabía que había estado buscando.
Como quien se ve reflejado en un alma que le calma la guerra interior.
Como si verla a ella… fuera recordar quién era él, antes de que el mundo lo rompiera un poco.