En la penumbra dorada de un instante eterno,
sus ojos, dos luceros, tejieron mi universo.
No hablaba su boca, mas su alma cantaba,
una balada antigua que solo yo escuchaba.
Había en su mirada un reino escondido,
donde el tiempo dormía, donde todo era abrigo.
No era solo ternura lo que allí florecía,
sino un jardín de asombro que solo él compartía.
Admiración velada como magia en el viento,
como quien ve un milagro y guarda el secreto.
Y en su silencio, la paz del guerrero rendido,
al hallar en mi risa su destino elegido.
Fuimos dos cómplices en tierra encantada,
bajo luces danzantes, la música alada.
Y por un segundo —o quizá fue un hechizo—
su mirada fue mi reino, y yo, su paraíso.
